Por: Andrea Cabrera
Me he encontrado con esta noticia tan...curiosa y me
gustaría compartirla si es de vuestro interés. En un mundo en donde casi nadie
se preocupa por casi nadie -y si ese casi es femenino, menos aún-, y en un
momento socio-cultural en donde impera el beneficiarse y obtener renta de todo
lo posible, un señor cualquiera, en tierra India, enamorado de su mujer,
descubre las dificultades que ella y el resto de las mujeres tienen a la hora
de su período menstrual, en referencia a las condiciones sanitarias e higiénicas
que les son casi inaccesibles...¡y decide ayudar!
Los resultados son increíbles, y nos muestra que cuando
hay una intención clara, compasiva y bondadosa...todo se pone de acuerdo
(estados, proveedores, dinero y tecnología) para producir un Bien Común. Y, en
este caso, un bien que va redundando y creciendo. Nos arranca una sonrisa, pero
de esas que surgen desde el fondo del alma...Ojalá este hacer testimonial sea
un ejemplo para otros señores, para otros compañeros de vida, en definitiva,
para todos.
El
hombre que se puso un útero para desatar una revolución
Pobre, poco educado y repudiado, pero cuando se enteró de
cuán caras eran las toallas sanitarias hizo desde lo impensable hasta lo
ridículo para que las mujeres pudieran fabricarlas más baratas. Una historia
fascinante. A Arunachalam Muruganantham su invento le costó mucho: estuvo a
punto de perder a su familia, su dinero y su lugar en la sociedad. Pero nunca
perdió su sentido de humor.
‘Todo empezó con mi esposa', le cuenta a la BBC, en su
natal India. En 1998 se acababa de casar y su mundo giraba en torno de su
esposa, Shanthi, y su madre viuda. Un día vio que Shanthi estaba escondiendo
algo y cuando se enteró de qué era le aterró: 'trapos asquerosos' que usaba
durante la menstruación. Cuando le preguntó por qué no usaba toallas
sanitarias, Shanthi le señaló que si las usaran las mujeres de la familia, no
quedaría dinero para comprar leche. Para impresionar a su joven esposa,
Muruganantham fue al centro a comprarle toallas sanitarias. Las pesó en sus
manos y se preguntó por qué 10 gramos de algodón, que en ese entonces costaban
10 paise (US$0,001), se vendía en 4 rupias (US$0,07): 40 veces más. Decidió que
él las podía hacer más baratas. Cuando Muruganantham investigó un poco más,
descubrió que casi ninguna de las mujeres en los pueblos cercanos usaban
toallas sanitarias: menos de una de cada 10.
Esto fue confirmado por una encuesta de 2011 de AC
Nielsen comisionada por el gobierno indio que encontró que sólo el 12% de las
indias usan toallas sanitarias. Según Muruganantham, en las regiones rurales es
aún menos que eso. Se horrorizó además al enterarse de que las mujeres no sólo
usaban trapos viejos sino también otras sustancias antihigiénicas como arena,
aserrín, hojas y hasta ceniza. Y las que usan trapos, no los secaban al sol,
pues les daba vergüenza, lo que significaba que no se desinfectaban.
Aproximadamente el 70% de las enfermedades reproductivas en India son causadas
por falta de higiene menstrual, que puede también afectar la mortalidad
materna.
Primero hizo una toalla sanitaria de algodón y se la dio
a Shanthi, esperando que le dijera qué tan bien funcionaba inmediatamente. Ella
le contestó que iba a tener que esperar un rato: sólo entonces se enteró de que
el período de las mujeres era mensual. ‘No puedo esperar un mes cada vez... me
voy a demorar décadas!', exclamó y se dio cuenta de que necesitaría
voluntarias. Sin embargo, encontrarlas no era fácil. Sus hermanas se negaron,
así que se le ocurrió recurrir a las estudiantes de medicina de la escuela
local. ‘Pero ¿cómo iba a abordarlas un obrero? ¡Ni siquiera los universitarios
se atrevían!’.
No obstante, logró convencer a 20 estudiantes de que
probaran sus toallas, aunque tampoco funcionó: el día que fue a recoger sus
formularios con comentarios encontró a tres de las chicas rellenándolos a
última hora, lo que le demostró que los resultados no serían confiables.
Decidió que iba a tener que poner a prueba sus productos personalmente: 'me
convertí en el hombre que usaba toallas sanitarias’. Un loco con útero.
Creó un 'útero' con la vejiga de una pelota de futbol a
la que le hizo dos huecos. Un amigo carnicero tocaba el timbre de la bicicleta
afuera de su casa cada vez que iba a matar una cabra para que Muruganantham fuera
a recoger la sangre. Luego le echaba un aditivo, que le daba otro amigo que
trabajaba en un banco de sangre, para impedir que se coagulara demasiado
pronto. Pero nada de ello ocultaba el olor. Caminaba, montaba bicicleta y
corría con la vejiga de futbol debajo de su ropa tradicional, bombeando
constantemente sangre para poner a prueba la capacidad de absorción de sus
toallas. Todo el mundo pensó que se había vuelto loco.
Solía lavar su
ropa manchada de sangre en un pozo público, por lo que el pueblo entero
concluyó que sufría de una enfermedad sexual. Los amigos cruzaban la calle para
no toparse con él. ‘Me consideraban pervertido', recuerda. Su esposa se cansó y
se fue. '¡Dios tiene sentido del humor: empecé mi investigación por mi mujer y
18 meses después me dejó!', dice. En vez de darse por vencido, tuvo otra idea:
estudiaría toallas sanitarias usadas, pues seguramente revelarían todos los
secretos. Problemático, en una comunidad tan supersticiosa. 'Hasta pedir una
hebra de cabello de una mujer hace que sospeche que van a usar magia negra para
cautivarla', explica Muruganantham.Le entregó sus toallas a su grupo de
estudiantes de medicina y las recogió después.
Las puso en el patio de atrás de su casa para estudiarlas
pero su madre las vio y esa fue la gota que derramó la copa: lloró, envolvió
sus pertenencias en su sari y se fue. ‘Fue todo un problema: tuve que empezar a
cocinarme la comida’.
Lo peor estaba por venir. Los aldeanos se convencieron de
que Muruganantham estaba poseído por espíritus malvados y se dispusieron a
encadenarlo de cabeza a un árbol para que un brujo lo sanara. Sólo logró
salvarse prometiendo que se iría del pueblo. ‘Me quedé solo en la vida’. Sin
embargo, continuó.
El misterio más grande para él era de qué estaban hechas
las toallas sanitarias buenas. Había mandado algunas a un laboratorio para que
las analizaran, y los resultados decían que era algodón. Pero sus propias
creaciones de algodón no funcionaban. Las que sabían eran las compañías
multinacionales pero ¿cómo preguntarles? ‘Es como tocar la puerta de la fábrica
de refrescos de cola y preguntarles cómo la hacen'.
Muruganantham le escribió a las grandes firmas
manufactureras con la ayuda de un profesor universitario a quien le pagó
limpiándole la casa. Además se gastó US$100 que no tenía en llamadas de
teléfono, pero no sabía suficiente inglés. 'Cuando me contestaban, me
preguntaban qué tipo de planta tenía y no les entendía qué querían decir',
recuerda. Al final se le ocurrió decir que era dueño de un telar, que estaba pensando
meterse al negocio y que quería unas muestras.
Unas semanas después, llegaron unos misteriosos tablones
duros: celulosa, hecha de la corteza de un árbol. Le había tomado dos años y
tres meses descubrir de qué estaban hechas las toallas sanitarias, pero había
un inconveniente: la máquina que se requería para moler este material para
convertirlo en toallas sanitarias costaba varios miles de dólares. Iba a tener
que diseñar otra.
Cuatro y medio años más tarde logró crear un método
barato para la producción de toallas sanitarias. El proceso involucra cuatro
pasos sencillos: Primero, una máquina similar a un triturador de cocina torna
la dura celulosa en un material esponjoso que, con otra máquina, se moldea en
forma rectangular. Esos rectángulos se envuelven en tela no tejida y se
desinfecta en una unidad de tratamiento ultravioleta. Todo el proceso se puede
aprender en una hora.
La meta de Muruganantham era crear una tecnología amigable.
La misión no era sólo expandir el uso de toallas sanitarias sino también crear
empleo para las mujeres de las regiones rurales. Mujeres como su madre, quien
cuando su padre murió en un accidente, tuvo que vender todo lo que tenía y
trabajar como labradora.
Pero su salario de US$1 al día no era suficiente para
mantener a cuatro hijos. Fue por eso que, a los 14 años de edad, Muruganantham
tuvo que abandonar sus estudios y empezar a trabajar. Las máquinas son
deliberadamente simples y esqueléticas, para que las mismas mujeres las puedan
mantener. El primer modelo era casi todo de madera y cuando se lo mostró a los
científicos del Instituto Indio de Tecnología (IIT), en Madrás, no se mostraron
muy entusiasmados: ¿cómo iba ese hombre a competir con las multinacionales? Sin
embargo, la intención de Muruganantham no era competir. 'Estamos creando un
nuevo mercado'.
Sin que él lo supiera, el IIT postuló su máquina en una
competencia por el premio nacional de innovación, y ganó. El presidente de
India, Pratibha Patil, le entregó el premio. De repente, se volvió famoso.
‘Gloria instantánea: los medios fotografiándome y todo', dice. 'La ironía es
que, después de 5 años y medio, recibí una llamada y una voz ronca me dijo: ¿te
acuerdas de mí?’. Era su esposa, Shanthi. No le sorprendió el éxito de su esposo.
‘Todo el tiempo encuentra cosas nuevas y quiere saber todo sobre ellas. Y luego
quiere hacer algo al respecto que nadie ha hecho antes', dice. No obstante, no
es fácil vivir con tal ambición. No sólo le escandalizó el interés de su esposo
en ese tema sino que él le dedicaba todo el tiempo y dinero, en una época en la
que tenían apenas suficiente para comer bien. Y luego vinieron los chismes. ‘Lo
más difícil fue cuando los aldeanos empezaron a hablar y a tratarnos muy mal',
le confiesa a la BBC. 'Hubo rumores de que él tenía relaciones con otras
mujeres y que por eso hacía esas cosas'. Por eso decidió irse a la casa de su madre.
Eventualmente también la mamá de Muruganantham y el resto de los aldeanos, que
lo habían condenado, criticado y aislado volvieron.
Muruganantham
parecía destinado a la fama y fortuna, pero no está interesado en enriquecerse.
‘Imagínese, tengo la patente de la única máquina en el mundo para hacer toallas
sanitarias baratas. Cualquier persona con un master inmediatamente acumularía
el máximo de ganancias. Pero yo no quiero. ¿Por qué? Porque desde que era niño
aprendí que ningún ser humano se muere de pobreza, todo pasa por ignorancia’.
En su opinión, los grandes negocios son parásitos, como
un mosquito, y él prefiere un toque más ligero, como el de una mariposa. 'Una
mariposa puede chupar miel de una flor sin perjudicarla', aclara.
En India, como en otras partes del mundo, persisten
muchos tabúes respecto a la menstruación. Las mujeres no pueden visitar templos
o lugares públicos, no pueden cocinar ni tocar el suministro del agua.
Esencialmente, son consideradas intocables.
A Muruganantham le tomó 18 meses fabricar 250 máquinas
que llevó a los estados más pobres y poco desarrollados en el norte India, los
llamados BIMARU o 'estados enfermos' de Bihar, Madhya Pradesh, Rajastán y Uttar
Pradesh. Allá a menudo las mujeres tienen que caminar kilómetros para traer
agua, algo que no pueden hacer si están menstruando, así que las familias sufren.
‘Mi conciencia interna me decía que si tenía éxito en Bihar, que es muy difícil,
lo tendría en cualquier otro lado', señala Muruganantham.
Fue difícil incluso hablar del tema en una sociedad tan
conservadora. 'Para hablarle a las mujeres en las zonas rurales se necesita
permiso del esposo o del padre y sólo les podemos hablar si estamos detrás de
una cobija', explica. También hay mitos y temores sobre el uso de toallas
sanitarias: que las mujeres que las usan se enceguecen o que nunca se casan.
Pero poco a poco, aldea tras aldea, empezaron a aceptarlas y con el pasar del
tiempo las máquinas han entrado en 1.300 aldeas en 23 estados. En cada caso,
son mujeres las que producen las toallas sanitarias y se las venden
directamente a las clientas. Las tiendas generalmente son atendidas por
hombres, lo que intimida a las mujeres. Otro beneficio es que al comprárselas a
mujeres que conocen, reciben información importante sobre cómo usarlas. Y a
veces ni siquiera necesitan dinero, pues muchas vendedoras las canjean por
cebollas y papas.
La mayoría de las clientas de Muruganantham son ONGs y
grupos de autoayuda de mujeres. Una máquina manual cuesta unos US$1.200, las
semiautomáticas, más. Cada máquina convierte a 3.000 mujeres en usuarias de
toallas sanitarias y le da empleo a 10. Ellas pueden producir entre 200 y 250
toallas al día que se venden por unos 4 centavos de dólar. Las mujeres escogen
su propia marca para sus productos, así que no hay una marca generalizada. Es
'por y para las mujeres'.
Muruganantham también trabaja con colegios pues el 23% de
las niñas abandonan sus estudios cuando empiezan a menstruar. Ahora hay
estudiantes que hacen sus propias toallas sanitarias. '¿Por qué esperar hasta
que sean mujeres? ¿Por qué no empoderar a las niñas?'.
El gobierno indio recientemente anunció que distribuirá
productos sanitarios subsidiados para las mujeres más pobres. El golpe para
Muruganantham fue que no escogió trabajar con él, pero ahora su mira está más allá.
‘Mi meta era crear un millón de trabajos para las mujeres pobres pero, ¿por qué
no 10 millones en todo el mundo?'. Su proyecto se está expandiendo a 106 países
en todo el mundo. ‘Las recomendaciones de boca en boca son las que han
asegurado nuestro éxito, pues es un problema que todos los países en desarrollo
enfrentan’.
Muruganantham vive hoy en día con su familia en un
apartamento moderno, tiene un jeep, 'que me lleva a las montañas, selvas y
bosques', y 'no he acumulado dinero pero sí mucha felicidad'.Shanthi y
Muruganantham son ahora una unidad estrecha. Alguna vez le preguntaron si
recibir el premio de las manos del presidente de India fue el momento más feliz
de su vida. Respondió que no: su mejor momento llegó después de instalar una
máquina en una aldea remota en Uttarakhand, en la ladera del Himalaya, donde
por muchas generaciones nadie ha ganado lo suficiente para mandar a sus hijos a
la escuela. Un año después, recibió una llamada de una mujer de esa aldea quien
le contó que su hija había empezado a ir al colegio. ‘Lo que no pudo hacer
Nehru, lo logró una máquina', dijo.
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